Llevo años así. Tanto que ya no recuerdo bien cómo era vivir sin este peso. No llegó de golpe, no hubo un día exacto en el que todo se rompió. Fue llegando despacio, como el frío que entra por una ventana mal cerrada: al principio ni lo notas, luego te parece que siempre ha estado ahí.
Me levanto cada mañana y hago lo que toca. Me levanto porque sí, porque el cuerpo sigue, porque el mundo no se detiene aunque por dentro yo ya lo haya hecho hace tiempo. Los trabajos que salen, los que acepto porque hay que hacerlo, los que dejo a medias porque ya ni siquiera sé si quiero estar en ellos. Me levanto y finjo que todo está bien, porque ponerle palabras a esto sería demasiado cansancio.
La familia… a veces duele estar cerca, a veces duele estar lejos. No hay término medio. Quiero quererles como se supone que se quiere, pero me encuentro mirándoles desde dentro de un cristal empañado. Les veo, sé que están ahí, pero no logro que me llegue del todo su calor.
Y el amor… ni siquiera sé cómo explicarlo. No es que haya dejado de creer, es que me he ido acostumbrando a no esperar. Como quien deja de mirar al cielo porque sabe que no va a llover. Pero en el fondo, muy en el fondo, hay un lugar diminuto donde todavía guardo una cerilla medio mojada. Y de vez en cuando, sin saber por qué, la rasco.
Esa es la peor parte.
Porque si hubiera perdido del todo la esperanza, sería más fácil. Me habría rendido y ya está, habría aceptado que esto es lo que hay y punto. Pero no. Cada cierto tiempo, aparece algo nuevo: una oportunidad, una persona, un cambio, un viaje que no termino de emprender. Y por un momento, siento que algo se mueve. Que esa llama que creía apagada parpadea, que quizá este sea el día, quizá esto sí.
Pero luego pasa. El trabajo no sale, la persona se aleja, el cambio no llega, el viaje sigue siendo un sueño. Y la llama se vuelve a hacer pequeña, tan pequeña que casi no se ve. Y yo vuelvo a acostumbrarme. Otra vez. Otra vez el silencio, otra vez la rutina, otra vez vivir sin vivir del todo.
Y lo peor de todo es que me estoy acostumbrando. A esto. A no tener ganas. A que los días sean iguales. A mirar el futuro y no ver nada. Me da miedo acostumbrarme del todo, porque si eso pasa, ya no será tristeza: será resignación. Y eso es mucho más difícil de sacudir.
Aun así, aquí sigo. Porque en algún rincón, esa esperanza diminuta aún no ha muerto. No sé si es valentía o es costumbre, no sé si es fe o es miedo. Pero hoy, mientras escribo esto, sé que no he tirado la toalla del todo. Aunque no tenga fuerzas para levantarla.
